Atlante

Publicado el 12 de Mayo, 2005, 1:00

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Gran foto, ¿verdad?. El libro lo tenía mi hermano sobre su cama el otro día cuando entré traicioneramente a fotografiar todo lo que pude. No es suyo, sino de un vecino. Lo tuve entre mis manos unos cinco minutos y pude leer sólo algunas líneas. Y sin embargo, no tenían desperdicio. Contaré una de las conclusiones que obtuve y quizá pronto la otra.

Para empezar, no sé porqué el autor eligió el nombre "cómo hacer amigos" queriendo decir "cómo aparentar buenas intenciones para sacar beneficio". Bueno, lo intuyo: porque lo otro no habría vendido. El título elegido sin embargo es muy atractivo para la mayoría de las personas, al menos la primera parte. Y es que el tío que escribió todo esto es un tío listo. Comentaba que la mejor forma de conseguir algo de un tercero es seguir una estrategia que haga sentir al otro como alguien importante, puesto que es un anhelo de todas las personas y es el mejor modo de halagar y predisponer. Exponía un ejemplo sencillote:

Un niño que duerme siempre con su abuela y tiene la manía de orinar durante la noche. Los padres quieren que deje la costumbre, pero los castigos, las charlas, las acusaciones, etc, no han servido para nada. Según el niño, la que se mea es la abuela. Es que el crío también es listo. Los padres, desesperados, tratan de cambiar de estrategia. Estudian qué necesitan para satisfacer la vanidad del chiquillo. Tras preguntarle, ven que el niño quiere dormir con pijama y no con camisón, porque es como duerme su padre. Asimismo, el zagal quiere su propia cama. Su padre le compra un pijama. Su madre lo lleva a una mueblería y le dice a la encargada mientras le guiña un ojo: "aquí tiene un cliente que quiere comprarle una cama". La encargada, que también es muy lista, le sigue la corriente y comienza a enseñar al peque las diversos posibilidades. Cuando la madre ve una cama apropiada guiña otra vez el ojo y la vendedora convence con sus malas artes al inocente, que llega contentísimo a su casa. Cuando el padre llega a casa el hijo le asalta: "ven a ver la cama que YO he comprado" y el padre al verla le comenta "no irás a manchar esta noche tu cama ¿verdad?" el niño claro, no la ensució. Bastó hacerle sentir un poco importante para que actuara como querían sus padres.

No cabe duda de que la estrategia es buena y que hacer sentir importante al prójimo es una forma de hacerle comer de tu mano. En este caso, es un método para que el niño abandone su cabezonería infantil. Pero una vez conocida la táctica, no se va a usar con tan buenos propósitos.

Luego, pensando, comencé a hacerme la idea de que esa misma forma de convencer es usada habitualmente por los tíos más listos: los políticos. Imagino, por ejemplo, que es una de las claves de la política estadounidense. Los ciudadanos de EEUU se sienten importantes. Son importantes. Su país es el más importante del mundo y tienen grandes responsabilidades hacia el resto de culturas aún incivilizadas. Su realidad es bien distinta a su propia visión: viven sin protecciones sociales, en un ambiente policial y atemorizados por todo mientras trabajan largas horas para merecerse su lugar en el mundo. Pero en realidad, son gente importante. Allí sale Bush por la televisión y les habla de lo fuerte que es su país. Entonces muchos (no todos, por suerte) sienten la tentación de henchirse de orgullo y responder patrióticamente a las expectativas de los que les dirigen. Les dice que son el pueblo elegido de Dios, el pueblo bueno que se lanza a salvar el mundo y entonces lo aclaman y le reeligen para que la bondad de EEUU siga expandiéndose por el mundo.

No sólo me recuerda a ellos, sino del mismo modo pienso en otro gran fanático: Adolf Hitler. Entre las muchas estrategias de su partido se encontraba la de entusiasmar al pueblo convenciéndoles de su valía: símbolos militares, demostraciones de poder, una filosofía que les convertía en la raza elegida... Muchos años después, los alemanes aún se preguntan cómo cayeron en aquella espiral de locura. Hitler consiguió hacerles sentir importantes, y los tuvo comiendo de su mano.

Debe ser que una cierta dosis de humildad es necesaria para protegerse de la manipulación y para ver el mundo como realmente se nos presenta y no distorsionado.