Atlante

Publicado el 19 de Julio, 2005, 0:22

Tirso Lacalle

(Obtenido de el semanal digital)

16 de julio de 2005.  Un egregio profesor murciano aseguraba hace unos años que en un grupo humano "normal" puede haber un 80% de débiles mentales. No tengo aún claro si era un arrebato o una ponderada reflexión filosófica, pero es cierto que en todo tiempo y lugar la normalidad, para quien está de alguna manera por encima de ella, puede resultar asfixiante. Si esa normalidad es, además, impuesta como ideal, canon y meta, se generará en el seno de la comunidad una espiral vertiginosa hacia la mediocridad y hacia el conflicto. Y se terminará por dar la razón al escéptico maestro de tantas generaciones de sociólogos genoveses, cuando afirmaba, mohíno pero sereno, que "la que llamamos normalidad no es más que una forma leve de retraso mental".

La LOGSE en su preámbulo afirma que "la educación permite… avanzar en la lucha contra la discriminación y la desigualdad, sean éstas por razón de nacimiento, raza, sexo, religión u opinión, tengan un origen familiar o social, se arrastren tradicionalmente o aparezcan continuamente con la dinámica de la sociedad". Y esas afirmaciones aparentemente inocentes, progresistas e intachables implican un proceso revolucionario que nuestra sociedad está padeciendo. Se está imponiendo la igualdad, es decir, se está extendiendo desde el sistema de enseñanza en la conciencia social la idea de que toda diferencia es una discriminación injusta, y de que en consecuencia sólo es deseable la aceptación universal de lo "normal". Es, por supuesto, un dogma totalitario como otro cualquiera; es incompatible con el normal funcionamiento de cualquier sociedad que desee funcionar a largo plazo, que siempre se basará en desigualdades; y supone, en fin, convertir en modelo la "normalidad" social.

José Javier Esparza ha considerado el igualitarismo, junto al individualismo y el universalismo, uno de los pilares de la ideología dominante, que define el poder y que recibe el más amplio consenso social: "Todos somos átomos iguales pero egoístas … en una existencia, en definitiva, sin sentido"; porque sólo la diferencia permite que la vida de las personas tenga guías, modelos, objetivos, caminos. La aceptación de la normalidad igualitaria implica una satisfacción inmóvil con lo existente. Y podrá haber críticas a los problemas del presente, pero precisamente por la ideología de la "normalidad" el ciudadano de a pie "sólo percibe los efectos, no las causas".

Naturalmente, junto a la jerarquía, la primera víctima de la normalidad ideológica es la enseñanza, o la educación en general. Si no hay un modelo superior que contemplar, si no hay una aceptación de la subordinación y de la inferioridad, si sólo lo "igual" y lo "normal" es bueno, ¿por qué aprender? ¿Por qué enseñar? La verdadera originalidad –que está en las antípodas de las modas simiescas de cualquier signo o de la tribalización cultural, estética o musical- será sospechosa o incluso reprensible. Sólo se enseñará, precisamente, a ser normal, y a integrarse útilmente en la normalidad. El diferente, especialmente el que expresamente rechace la normalidad, será un enemigo, un asocial, un pardillo o un freakie. Y no se habla de política sino de una "normalización" de las almas que va mucho más allá.

Palpamos en esto el núcleo de la ideología totalitaria de la LOGSE, impuesta –he ahí su sórdida grandeza- también a los enemigos políticos de los autores de la Ley. "¿Quién eres tú para enseñarme a mí?" Parece la voz del Ángel Caído, y bien puede serlo, pero es simplemente lo que, como consecuencia de la normalidad LOGSE, cada día se palpa en las aulas, en las calles, en la que los rebeldes contra el Reich llamaron "vida cotidiana paralizante" y que ahora se nos presenta como ideal de vida. Ya Aristóteles opuso la "vida ordinaria" a la "vida recta" (y no dijo que la segunda fuese más cómoda, fácil o atractiva). En un requiebro totalitario que apenas percibimos, se está llevando a toda una generación, en nombre de la igualdad, hacia la que se llama normalidad –con sus atractivos primitivos- y que no deja de ser una sumisión de los potencialmente mejores a los efectivamente peores.